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La IA se mete en la intimidad: vínculos, deseo y una nueva forma de «estar con otro»

La Inteligencia Artificial dejó de ser patrimonio exclusivo del mundo tecnológico para empezar a ocupar un lugar cada vez más visible en la vida afectiva y sexual de las personas.

Interacciones eróticas con personajes creados por IA, relaciones con robots e incluso casamientos con hologramas ya no suenan a ciencia ficción, sino a experiencias reales que forman parte de un fenómeno en expansión.

Un relevamiento de la aplicación Gleeden reveló que 4 de cada 10 argentinos reconocen haber desarrollado algún tipo de vínculo emocional con la IA. A nivel global, 2 de cada 10 usuarios admitieron haber mantenido interacciones eróticas con estos sistemas, ya sea por fantasía, juego de rol, práctica imaginaria o simple estimulación mental.

Desde el Lovehoney Group, responsables del Informe Tendencias en sexualidad 2026, advirtieron que la IA comenzó a modificar de manera concreta la forma en que las personas entienden el sexo, gestionan las citas y buscan contención emocional.

Lo que comenzó como una herramienta de productividad y entretenimiento ahora aparece como una tercera presencia en la intimidad cotidiana.

Una crisis del encuentro cara a cara

La psicóloga y sexóloga Gabriela Simone explicó que la tecnología dejó de estar en los márgenes de la vida diaria para instalarse en el centro de la experiencia humana.

Según la especialista, hoy estos sistemas no solo organizan tareas o responden consultas, sino que conversan, acompañan, sugieren, entretienen y hasta generan estímulos eróticos. Esa disponibilidad permanente, sin conflictos ni demoras, resulta especialmente atractiva para personas cansadas, solas o frustradas por las exigencias que implica vincularse con otros.

Simone señaló que estas herramientas ofrecen algo muy seductor: validación constante, ausencia de juicio y previsibilidad absoluta. “Es un sistema que responde, que nunca se ofende ni confronta”, resumió.

Este contexto, sostuvo, está dando lugar a lo que define como una “crisis del encuentro”: relacionarse con otros cuerpos genera ansiedad, mientras que interactuar a través de una pantalla se percibe como más controlable y menos demandante.

La intimidad sin cuerpo

Para la sexóloga, el punto crítico de esta transformación aparece cuando la experiencia erótica empieza a desplazarse del cuerpo hacia la pantalla.

“La sexualidad humana es una experiencia encarnada: piel, respiración, tensiones, olores, silencios. Existe una diferencia profunda entre tocar y ver una representación del toque”, explicó.

Cuando la intimidad se traslada a dispositivos que simulan presencia sin cuerpo, no se produce un reemplazo total, sino un desplazamiento: el cuerpo deja de ser el escenario principal.

Este corrimiento, advirtió, puede generar una desensibilización progresiva. El deseo, que necesita tiempo, incertidumbre y la presencia real del otro, se vuelve más plano, más predecible y más controlado. Se reduce la frustración, pero también desaparece el factor sorpresa.

La desconexión de la piel

Simone aseguró que cada vez más profesionales de la salud mental y sexual detectan en consulta un fenómeno que se repite: personas que desean menos, que evitan el contacto físico, que sienten torpeza al acercarse a otro cuerpo o que no saben cómo iniciar un encuentro real.

La hiperconectividad, paradójicamente, acerca a los dispositivos y aleja de la experiencia corporal compartida. En ese proceso, no solo se debilita el deseo sexual, sino también habilidades vinculares básicas como la tolerancia a la incomodidad, la espera y la seducción.

Frente a estas dificultades, la tecnología aparece como un atajo: vincularse con una pantalla es más sencillo que hacerlo con una persona. No hay riesgo de rechazo ni exposición emocional.

Sin embargo, la especialista advierte que ese alivio inmediato tiene un costo profundo: una progresiva desconexión de uno mismo y del otro.

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