
Por Franco Bahía
El gobierno nacional impulsa una reforma laboral con la promesa de modernizar el trabajo y atraer inversiones. Pero el debate parece girar alrededor de los síntomas y no de la enfermedad. Si bien será claro el retroceso en derechos laborales y el debilitamiento de la capacidad de los trabajadores de defender su futuro, quisiera ir un paso más allá en el análisis.
Crecer no siempre significa desarrollarse: detrás de la idea de “flexibilizar para crecer” se esconde un proyecto que debilita la producción nacional y entrega el futuro argentino a intereses ajenos. Crecer puede ser cuestión de coyuntura, de precios altos, de deuda fresca o de ajustes, pero desarrollarse requiere una decisión política sostenida. Es definir un rumbo, establecer prioridades, invertir en ciencia, en tecnología y en infraestructura. Entonces… ¿hacia dónde vamos?
Mientras se discute la “reforma laboral”, que suena atractiva hasta en el nombre y que gusta escuchar, nadie habla del sistema de transporte por ejemplo, un factor clave para cualquier economía que aspire a desarrollarse. Un país que produce bienes en el interior y los transporta por rutas colapsadas y en mal estado, con camiones que son un medio costoso, no puede competir ni ganar. Lejos quedamos de reimpulsar el tren, como hicieron los países que a veces admiramos; algo que no sólo abarataría los costos de producción, también recuperaría la integración territorial y el valor del trabajo federal.
El desarrollo exige tecnología propia, pero resulta difícil sostenerla en un país donde se desprecia a los científicos. No hay desarrollo posible si se recorta al CONICET, si se trata la innovación como gasto y no como inversión. En lugar de fortalecer la ciencia nacional, se la desfinancia; en lugar de integrar universidades con industria, se las enfrenta. El mensaje es claro: la inteligencia argentina estorba a los intereses que prefieren un país proveedor de materias primas antes que un productor de conocimiento.
A eso se suma el desmantelamiento de las escuelas técnicas, un golpe directo al futuro del trabajo argentino. Son instituciones que forman a los jóvenes en oficios, ingeniería y tecnología aplicada, pilares fundamentales para cualquier proyecto de industrialización. Debilitar la educación técnica es condenar al país a depender del saber ajeno, y privar a miles de chicos de la posibilidad de transformar su esfuerzo en producción y desarrollo
Y si hablamos de desarrollo argentino no podemos obviar la situación del campo, el cual es urgente recuperar, hoy concentrado en manos de grandes corporaciones como Cargill o Monsanto. La tierra produce, sí, pero las ganancias se fugan. Mientras tanto, pequeños y medianos productores enfrentan impuestos desiguales y una estructura que los expulsa. ¿Vamos a seguir acomodando a la Sociedad Rural con retenciones a medida para proteger esa oligarquía? Un modelo de desarrollo nacional requiere democratizar la tierra, diversificar la producción y fortalecer las economías regionales.
La crítica no se agota en el presente. Los gobiernos anteriores también postergaron una agenda de desarrollo real. Se discutió más sobre cómo distribuir la riqueza que sobre cómo
generarla. Se impulsaron políticas parciales sin resolver las fallas estructurales: transporte, energía, ciencia, educación técnica y soberanía sobre los recursos. Superar esas debilidades exige un nuevo consenso nacional, y regional, priorizando las alianzas y entendiendo la necesidad de ellas para potenciar la soberanía, no para venderla.
Por eso la discusión de la reforma laboral no puede aislarse del contexto. No se trata sólo de la relación entre empleado y empleador, sino del modelo de país que el gobierno decide profundizar. Y no es que “no se anime” a defender el desarrollo nacional. Se ha tomado la decisión política de no hacerlo. La entrega no es resultado del miedo o la especulación, sino de la voluntad de someter el trabajo y los recursos argentinos a la lógica de las potencias y los mercados financieros.
Mientras tanto, los debates públicos siguen orbitando alrededor de lo inmediato. Y uno habla con el vecino de los salarios, la inflación, el déficit, sin mirar el centro del problema: la falta de un proyecto nacional de desarrollo. Tema central para construir una política que enfrente a semejante adversidad actual y que debe servir como brújula para la construcción de una alternativa real. Sino, seguiremos midiendo el éxito en puntos del PBI y no en capacidad de producir tecnología, de sostener industria, de transportar más y mejor, de integrar regiones; con una Argentina que seguirá caminando en círculos: que crece sin desarrollarse, que trabaja sin producir y que, cada tanto, vuelve a creer que la “modernización” se decreta con una Reforma Laboral.
