ActualidadDeportesEspectáculos

Murió Ernesto Cherquis Bialo

El estado de salud del periodista había empeorado en los últimos días en su lucha contra la leucemia. Falleció en una clínica de Núñez acompañado por sus seres queridos

Con la ida de Cherquis se apaga otro pedazo de ese periodismo que ya no existe.

Ernesto tenía 85 años; hacía poco más de un año que estaba luchando contra una dolorosa enfermedad que parecía haber superado en noviembre del año pasado, o al menos así lo reflejaba su buen estado de salud, pero en los últimos días su situación volvió a agravarse y finalmente falleció este viernes por la noche en una clínica del barrio de Núñez.

Nació geográficamente en Uruguay, pero de niño se vino a vivir a Buenos Aires junto a sus padres y se volvió un porteño más. Desde las calles de adoquines se fanatizó por el deporte. San Lorenzo y el boxeo fueron sus dos grandes pasiones juveniles.

Una noche paseando por Caballito, en la última cena que tuvimos con un grupo de colegas, recordó haber caminado por esas calles siendo adolescente, vio pasar un colectivo —no recuerdo cuál— y nos contó cómo en 1955 se tomó esa línea cuando se rateó para ir con sus compañeros de aula a la Plaza de Mayo el 16 de junio. Su madre nunca supo que había estado allí el día de los bombardeos.

Pero la política no fue el centro de su vida, más allá de ese y otros episodios, como sí lo fue el deporte y el periodismo. Cherquis era uno de los protagonistas de un periodismo que ya no existe, no solo por su rigurosidad a la hora de comunicar, la autoexigencia en el nivel de detalle y la obsesión por saber, sino por el estilo de cobertura de la época.

Ernesto tuvo la fortuna de ser contemporáneo a Ringo Bonavena y a Carlos Monzón, y su capacidad lo llevó a recorrer el mundo a ellos siendo cronista de El Gráfico, medio del que llegó a ser director. Viajar junto a una estrella, convivir con ella, trasladarse de un lado a otro, charlar, compartir un café, disfrutar de la noche y sufrir de las mañanas eran parte de su vida diaria. Los tesoros de aquella época estaban en la memoria de quien por entonces firmaba sus crónicas bajo el pseudónimo Robinson.

Por suerte, hay todavía gran parte de ese material digitalizado o incluso pueden conseguirse números de la revista en plataformas digitales. Si estás leyendo esto y nunca leíste esas, hacelo.

Con el boxeo viajó por el mundo y conoció a los mejores, desde Muhammad Ali hasta Sugar Ray Robinson, sus dos boxeadores favoritos. En Argentina, cubrió a los mejores y se volvió un amigo más para muchos de ellos. Le ha advertido a Bonavena sobre los peligrosos contactos con la mafia de Nevada; ha visitado a Monzón en la cárcel,

En más de una oportunidad, ha contado cómo fue el día más difícil de su vida profesional, cuando estando en Johannesburgo, Sudáfrica, tuvo que informarle a Víctor Galíndez que en Reno, Nevada, habían asesinado ese día a Bonavena, su ídolo y amigo, justo después de haber defendido con éxito su corona de campeón mundial al noquear a Richie Kates.

Después del boxeo, llegó el fútbol. Cherquis fue el encargado de convivir con Maradona y seguir su vida en Europa para las crónicas de El Gráfico. Con él recorrió Nápoles, festejó el campeonato del mundo y vio cómo el mito se comía al hombre. Fue su amigo y su biógrafo, durante su etapa en Cuba, donde nació “Yo soy el Diego de la gente”, posiblemente el mejor libro sobre Maradona que se haya escrito.

Como todos los que lo conocieron en aquella época, con el tiempo se alejó y perdió contacto. Pero nunca dejó de entenderlo y así lo explicó hace algunos años cuando en la TV Pública relató cómo en un mismo hombre convivían varios: el futbolista, el hijo, el padre, el amigo, el celebrity y varios más.

En los años 90, con la explosión de la televisión, se sumó a Tribuna Caliente, siendo parte del panel original junto a figuras de la época como Julio Ricardo, Antonio Carrizo y Guillermo Nimo. Allí, la gente pudo ver que Robinson no era solo un gran periodista sino también un showman que entendía el juego televisivo a la perfección y podía defender sus ideales, ganar debates y discutir de fútbol sin perder la gracia.

Un día, decidió largar todo y abrir un complejo de cabañas en Córdoba. Adiós al periodismo, adiós El Gráfico, adiós a los viajes. “Me fundí, me fue como el tuje”, nos contó una vez al recordar aquel proyecto. Así, tuvo que volver a Buenos Aires donde recibió el llamado de Julio Humberto Grondona, a quien solía criticar por su estilo de conducción en la AFA. Entonces, se convirtió en vocero de la institución.

Los más jóvenes lo recordarán por su pronunciación de Johannesburg en la previa del Mundial 2010. “Fui director del Gráfico, viajé con Maradona, cubrí las peleas de los campeones del mundo en boxeo y la gente me reconoce por esa boludez”, me dijo una vez entre risas.

A mí me tocó conocerlo en 2017, cuando Daniel Hadad lo trajo a Infobae para sumar periodistas de prestigio a su sitio web. Éramos un grupo de diez compuesto por mayoría de veinteañeros que dudábamos de cómo él se iba a adaptar a lo que nosotros hacíamos. Obviamente nos equivocamos. Desde el día uno, Cherquis se mostró como uno más. Nos abrió las puertas de su mundo y habiendo tenido la posibilidad de sentarse cual Maestro Ciruela delante nuestro a darnos clases de periodismo, optó por ponerse a la par.

Una noche nos llevó a comer a La Raya y nos invitó a participar de un debate futbolero con el Coco Basile, Bambino Veira, Mostaza Merlo y Carlos Babington. Nos presentó como sus amigos y nos sentó en una gran mesa como si mereciéramos estar allí. Fuimos, al menos, otras tres veces.

Cada vez que venía, la redacción era una fiesta. Llegaba, siempre elegante con su saco y su bufanda. Se paraba en la entrada de la sala y extendía sus brazos para que lo aplaudiéramos y empezáramos una discusión futbolera. El viejo y los bribones. Se divertía y siempre nos agradeció (insólito: él a nosotros, no nosotros a él) por hacerlo sentir parte del grupo. A la mesa trajo anécdotas, historias y clases gratuitas. Leía todas nuestras notas. Nos daba consejos y nos pedía algunos. Nos trataba como a pares, por más que en realidad no lo fuéramos. “Lo que yo hacía, ustedes no lo podrían hacer, pero lo que ustedes hacen yo no puedo hacerlo”, analizó una vez sobre la evolución del periodismo que, como él lo concebía, ya había muerto.

Cuando su salud empeoró, cruzamos varios mensajes. Los últimos que tengo suyos son de noviembre, cuando estaba mucho mejor y charlamos de la vida y del fútbol. Desgraciadamente, en algún momento activó una función de WhatsApp que elimina los chats viejos y perdí nuestras charlas. Quedará pendiente un último asado, que veníamos pateando hace tiempo.

Conoció a Muhammed Alí, a Sugar Ray Robinson, a Mike Tyson, a Juan Manuel Fangio, a Lionel Messi, a Diego Maradona, a Joe Frazier, a Guillermo Vilas y a Pelé. Viajó a todos los continentes, salvo a la Antártida. No tomaba mate, nunca probó un porro, no sabía jugar al Truco y nunca vio la saga de Rocky. Le gustaba mucho el tango, leer y charlar. Amaba hacer periodismo. Era generoso, divertido, humilde, empático, respetuoso, caballero y profesional. Le preocupaba que la gente no leyera y siempre miraba con atención el trato hacia los mayores en la sociedad. “Dejen de tirar viejos por la ventana”, solía decir. Era buen imitador. Miraba con optimismo el futuro del país y con pesimismo el del periodismo y los medios de comunicación. Le entusiasmaba el streaming. Se definía como argentino, maradoniano y un peronista admirador de Alfonsín. Era un profesor de la vida.

Se nos fue Ernesto, Cherquis, El Viejo, El Maestro Robinson. Hasta siempre.

Cerrar
Cerrar