
El desafío de criar en tiempos de hiperconexión
El cuidado y la crianza durante la primera infancia se encuentran atravesados por múltiples tensiones laborales, domésticas y afectivas. Así lo revela un reciente estudio cualitativo llevado a cabo por el Observatorio de Desarrollo Humano del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y el Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral. La investigación, enfocada en familias con niños de 0 a 5 años, expone cómo las transformaciones sociales y tecnológicas reconfiguran la vida cotidiana de los hogares.
Uno de los ejes centrales del informe radica en la distinción que las propias familias hacen entre «cuidar» y «criar». Mientras el cuidado se asocia a tareas operativas como la higiene o la alimentación —las cuales pueden delegarse—, la crianza implica un compromiso emocional profundo que, en el contexto actual, genera mayores niveles de autoexigencia, dudas y culpa entre las personas responsables.
Las pantallas: entre el recurso cotidiano y el conflicto
El uso de dispositivos tecnológicos se ha consolidado como un nuevo foco de tensión en los hogares. Según el estudio, las pantallas generan dilemas constantes: si bien existe conciencia sobre los posibles efectos negativos en la atención y la regulación emocional de los menores, también operan como una herramienta extendida para gestionar el cuidado diario, especialmente frente a la falta de redes de apoyo.
Esta dinámica varía según el nivel socioeconómico. En los sectores medios y medios altos, predomina el conflicto entre los ideales de crianza y la práctica real. En cambio, en los estratos más vulnerables, el uso de celulares o tablets aparece directamente asociado a la necesidad de sostener tareas básicas en contextos de escasez de tiempo y apoyo, convirtiendo su regulación en una fuente de conflicto recurrente.
Feminización del cuidado y colapso del bienestar
El documento subraya que las desigualdades de género siguen atravesando transversalmente la organización familiar. En los sectores con mayores restricciones económicas, la participación masculina suele percibirse apenas como una «ayuda esporádica», lo que consolida una distribución desigual.
Esta sobrecarga recae mayoritariamente sobre las mujeres y deriva en lo que el informe denomina un «colapso del autocuidado». La falta de descanso y la presión sobre el tiempo personal afectan severamente el bienestar y la salud mental de quienes cuidan. Mientras los sectores medios logran mitigar este impacto acudiendo a terapia o realizando actividad física, en los sectores vulnerables el autocuidado se reduce a mínimos momentos de descanso.
El rol clave de las redes y las demandas al Estado
Frente al desgaste emocional, las redes de apoyo familiares —especialmente los abuelos— y las instituciones educativas funcionan como los principales amortiguadores del estrés parental.
En este marco, las familias plantearon demandas específicas hacia el sector público según su estrato social. Los sectores medios priorizan la capacitación en el manejo de pantallas y estrategias de crianza; los sectores medios bajos exigen mayor acceso a servicios de salud mental y desarrollo infantil; y las familias de mayor vulnerabilidad solicitan la consolidación de dispositivos para la primera infancia y mejoras en la seguridad de plazas y parques. A partir de estos resultados, el estudio busca sentar las bases para el diseño de políticas públicas integrales que acompañen a las familias en las condiciones reales en las que hoy sostienen la crianza.
