
Luego de las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma, las tropas del Ejército del Norte habían sido desbandadas y el desorden era total. En ese momento, Belgrano hacía malabares para intentar contener a sus soldados y, para cuando llegó la nochebuena, la desesperación y la angustia se habían apoderado de él.
La navidad de 1813 fue trágica, dramática y desesperada para la naciente Argentina; en medio de la guerra por la independencia, Manuel Belgrano estaba en Jujuy, en plena retirada luego de ser duramente derrotado en Vilcapugio y Ayohuma, dos batallas que le costaron al prócer la mitad de sus tropas entre muertos, heridos y desertores.
No había armas, no había provisiones. Las tropas del Ejército del Norte habían sido desbandadas y el desorden era total. En ese momento, Belgrano hacía malabares para intentar contener a sus soldados y para cuando llegó la nochebuena la desesperación y la angustia se habían apoderado de él.
A la espera de refuerzos, el 25 de diciembre le escribió una carta a José de San Martín, que estaba marchando en su apoyo a la cabeza de 1500 hombres para salvar el frente norte de la revolución. “Mi querido amigo […] estoy solo […] no tengo, ni he tenido quien me ayude”, comienza la misiva. “Aquí estoy haciendo mi papel con un puñado de fusiles”, continúa.
“Mi pensamiento actual es figurar qué voy a hacer la defensa en este punto, porque no puedo más”, le dijo al Libertador, al que le confesó que lo esperaba con ansias. “Mi corazón toma un nuevo aliento cada instante que pienso que usted se me acerca; porque estoy firmemente persuadido de que con usted se salvará la Patria, y podrá el ejercito tomar un diferente aspecto», afirmó.
Ese “aspecto” al que se refiere lo encontramos en otra carta que recibió San Martin desde Buenos Aires de parte de Nicolás Rodríguez Peña, miembro del Segundo Triunvirato. Allí, Rodriguez peña le dice que el Ejercito del Perú era solo un “esqueleto” y acusa a Belgrano de haber “perdido hasta la cabeza” y lo critica por su actitud hacia sus subordinados.
En una carta a Tomas de Anchorena del 15 de diciembre, Belgrano aseguró que no veía “más que pícaros y cobardes por todas partes, y lo peor es que no vislumbro todavía el remedio de este mal”. “Creo que jamás podremos contener los abusos si no andamos a palos con todos”, sentenció.
Lo cierto es que para ese momento Belgrano no estaba para nada conforme con sus soldados. “Celebro los auxilios que usted me trae así de armas como de municiones, y particularmente los dos Escuadrones de su Regimiento. Ellos podrán ser el modelo para todos los demás en disciplina y subordinación”, le anticipa a San Martin.
Luego, el prócer descarrila un poco y le confiesa a su par que no se hallaba “así contento con la tropa de libertos; los negros y mulatos son una canalla que tiene tanto de cobarde como de sanguinaria. Han sido los primeros en desordenar la línea con los cuales acaso hagan algo de provecho”.
De igual manera, varios de los militares y religiosos que lo acompañaron coinciden en que la situación era desastrosa. En distintas memorias se habla de deserciones, de indisciplina y de “cobardía” por parte de la tropa.
El General José María Paz, que en ese momento estaba al servicio de Belgrano escribió que “el sistema del General Belgrano se resentía verdaderamente”. «Sus ordenes adolecían á veces, de una nimiedad suma y parecían dictadas mas bien para pupilos, que para hombres que estaban con las armas en la mano”, dice.
Sin embargo, tanto José María Paz como José Araoz de Lamadrid, reconocen el esfuerzo de Belgrano para intentar enmendar la situación.
Así, Fray Cayetano Rodriguez, un párroco que acompañaba al ejército, escribió una carta en la que se lamentaba pero se muestra esperanzado por la conducción del General. “Yo no desaliento que Belgrano escribe con la mayor animosidad y confianza. No se abate este genio cortado a medida de nuestra necesidad”, dice en una carta.
Al final da una sentencia algo lúgubre “Dios, con estos castigos, quiere purificarnos y hacernos más dignos o menos indignos, del bien que quiere hacernos”, dijo.
La navidad a principios del siglo XIX era muy distinta a la que se festeja hoy. La celebración era más sobria en lugar de un festejo y no se acostumbraba a realizar banquetes con música y baile, mucho menos existía la noción de un viejo alemán repartiendo regalos con un uniforme rojo.
Sin embargo, Manuel Belgrano era profundamente católico y si bien no hay registros de lo que hizo esas noches, es seguro que asistió a la Misa de Gallo, el ritual típico de la iglesia para recordar el nacimiento de Jesús.
Se realizaba de noche, a la luz de velas y faroles, en iglesias austeras o improvisadas y con el párroco de espaldas a los fieles. No había adornos ni cánticos festivos como los actuales, apenas algunos villancicos graves, rezos en latín y sermones breves que llamaban al sacrificio, la obediencia y la resignación cristiana.
Para soldados hambrientos, heridos o desmoralizados, aquella misa era más un acto de súplica que de júbilo; una pausa espiritual en medio del caos, donde se pedía por la vida, por la Patria y por la supervivencia del día siguiente.
El Ejército del Norte estaba lleno de capellanes y párrocos que acompañaban a los soldados y participaron de la campaña. De hecho, en sus memorias, José María Paz afirma que una de las causas de la derrota de Vilcapugio está en la lentitud de reacción del ejercito, que mientras veía avanzar al enemigo, había apostado un altar en el campo de batalla para rogar por el éxito en el combate.
