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El cáncer terminal de la nieta de Kennedy que reavivó la maldición familiar

El diagnóstico terminal de Tatiana Schlossberg, nieta de John F. Kennedy y Jackie, reaviva la sombra trágica que persigue al clan Kennedy desde hace más de ocho décadas

El apellido Kennedy siempre estuvo asociado a una mezcla compleja de poder político, glamour social y magnetismo público. Pero en noviembre de 2025, esa narrativa volvió a teñirse de tragedia cuando Tatiana Schlossberg, nieta de John F. Kennedy y de Jacqueline Kennedy Onassis, reveló que padece leucemia mieloide aguda terminal, una variante agresiva de cáncer en la sangre que no responde a los tratamientos convencionales. Tenía 35 años cuando lo anunció y dos hijos pequeños, lo que convirtió el impacto emocional de la noticia en un eco nacional.

Tatiana contó que la enfermedad fue detectada el mismo día en que dio a luz a su segunda hija, después de que los médicos observaran niveles alarmantes en sus análisis. En el ensayo que publicó en The New Yorker, escribió con desconcierto: “No podía creer que hablaran de mí. El día anterior había nadado un kilómetro y medio, embarazada de nueve meses. No estaba enferma. No me sentía enferma.” Y más adelante, al describir el pronóstico y el miedo más íntimo que enfrenta, confesó: “No sé si mi hija llegará a recordarme como su madre.”

Desde entonces atravesó quimioterapias agresivas, trasplantes de médula, inmunoterapias experimentales y recaídas que la dejaron sin fuerzas y con un horizonte que los médicos ya describen como limitado. Su historia, sin buscarlo, reactivó un mito que parecía dormir: la maldición Kennedy.

La familia Kennedy llegó al poder como pocas en la historia estadounidense. La visión de Joseph P. Kennedy Sr., el patriarca, era tan ambiciosa como implacable: llevar a uno de sus hijos a la presidencia. Lo consiguió, pero el costo fue tan alto que terminó marcando al clan durante varias generaciones.

A través de los años, los Kennedy atravesaron pérdidas que, en cualquier otra familia, serían consideradas excepcionales; pero en ellos se volvieron parte de una narrativa constante. La muerte de Joseph Jr. en una misión militar secreta durante la Segunda Guerra Mundial dejó al patriarca sin su heredero político y obligó al segundo hijo, John Fitzgerald, a ocupar ese lugar. La tragedia golpeó de nuevo cuando Kathleen —la adorada “Kick”— murió en un accidente aéreo en Francia, un episodio que devastó a su madre Rose y silenció a la familia por meses.

JFK y Jackie también padecieron pérdidas personales antes de que el asesinato de Dallas convirtiera su historia en un antes y un después del siglo XX. La muerte de Bobby, cinco años más tarde, fue otro golpe que fracturó cualquier idea de invencibilidad. Ted sobrevivió a un accidente aéreo que casi lo mata y quedó marcado para siempre por el episodio de Chappaquiddick, que enterró su futuro presidencial. Décadas después, nuevos episodios volvieron a golpear al clan: un hijo muerto en un accidente de esquí, otro arrastrado por las adicciones, el estremecimiento nacional cuando el avión de John F. Kennedy Jr. cayó frente a Martha’s Vineyard junto con Carolyn Bessette, el suicidio de Mary Richardson, la muerte por sobredosis de la joven Saoirse.

Tatiana pertenece a la rama más discreta de los Kennedy: la de Caroline, la hija de JFK que prefirió una vida diplomática y reservada, lejos de los excesos y los golpes mediáticos. Tatiana no es una figura pública en el sentido tradicional; es escritora, periodista ambiental, alguien que eligió vivir en un margen tranquilo de la fama heredada.

Por eso su diagnóstico sacudió tanto. Porque no se trata de una vida expuesta, de un accidente imprudente, ni de un escándalo político. Es una tragedia íntima que irrumpe en el corazón de un apellido que parecía haber encontrado cierta estabilidad en las generaciones más jóvenes.

Su historia también revive la otra mitad de su linaje: los Onassis, la familia del magnate naviero Aristóteles Onassis, cuya vida estuvo marcada por muertes prematuras, accidentes y exilios emocionales. Jackie Kennedy se casó con él en 1968 intentando proteger a sus hijos y reconstruir su vida; sin embargo, encontró en esa unión una nueva sucesión de tragedias: la muerte de Alexander, el suicidio de Tina Livanos, la caída emocional de Christina, la soledad de Athina.

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