ActualidadNacionales

El superávit a costa del interior: un análisis sobre el impacto federal del modelo económico

En un profundo ensayo sobre la realidad nacional, el investigador y referente desarrollista Federico González analiza cómo el ajuste fiscal centralizado ahoga a las economías regionales, desarticula la industria metalmecánica y profundiza la macrocefalia argentina.

En las localidades de Las Parejas, Armstrong, Marcos Juárez y en cada uno de los enclaves del corazón agroindustrial argentino donde históricamente se diseñaron y fabricaron las máquinas que siembran y cosechan para los mercados globales, los tornos metálicos operan hoy a una fracción mínima de su potencial. No se trata de una licencia literaria: de acuerdo con los registros oficiales difundidos por el INDEC, la industria metalmecánica nacional —excluyendo al sector automotriz— operó en febrero de este año utilizando apenas el 33,9% de su capacidad instalada, un desplome arrastrado de manera directa por la retracción en la fabricación de maquinaria agrícola. En la práctica, dos de cada tres máquinas permanecen inactivas y dos de cada tres turnos laborales programados han dejado de existir.

Mientras este freno productivo golpea el entramado fabril del interior, a unos cuatrocientos kilómetros de distancia, en los despachos gubernamentales ubicados en torno a la Plaza de Mayo, la atención se concentra en la celebración contable de que los números de la planilla fiscal cierran en terreno positivo. Ese persistente contraste entre el torno industrial detenido y el equilibrio formal de la contabilidad estatal define la postal más fiel de la Argentina actual, y constituye el punto de partida de un diagnóstico imprescindible para pensar un modelo de desarrollo que abarque a la totalidad del territorio nacional y no solo a los centros urbanos concentrados.

El mapa equivocado y la trampa de la abstracción

El reconocido filósofo y lingüista Alfred Korzybski acuñó en el año 1933 una máxima que con el tiempo se convirtió en un axioma tanto para la teoría de gestión empresaria como para el análisis estratégico: el mapa no es el territorio. Con esta formulación elemental pretendía advertir una verdad devastadora: toda representación abstracta de la realidad —sea un modelo teórico, una estadística o una planilla de cálculo— omite deliberadamente más elementos de los que incluye, generando un peligro crítico en el momento en que se confunde el gráfico esquemático con la complejidad viva del terreno.

La administración nacional exhibe un mapa riguroso y ordenado. Según los informes oficiales del Ministerio de Economía, entre los meses de enero y agosto del corriente año el Sector Público Nacional consolidó un superávit primario equivalente a aproximadamente el 1,1% del Producto Bruto Interno (PBI), acompañado por un superávit financiero del 0,2%. Reconocer este orden macroeconómico como una condición necesaria para el desarrollo no implica soslayar con qué recursos y a costa de qué territorios se ha redactado ese mapa.

Una parte sustancial de ese superávit se estructuró a partir de la retracción drástica de las transferencias financieras destinadas a las provincias. De acuerdo con los relevamientos elaborados por la consultora Politikon Chaco sobre bases oficiales, las transferencias no automáticas giradas desde la Nación hacia los distritos provinciales totalizaron $738.201 millones entre enero y julio de este año, lo que representa una contracción real del 62,8% en la comparación interanual y un desplome del 83,2% si se confronta con los valores de 2023. El mes de julio marcó un récord negativo histórico desde 2005, con siete provincias que registraron caídas superiores al 90% en estos fondos, rozando el 99% en el caso extremo de La Rioja.

Este ajuste genera efectos sistémicos que las planillas de Excel no contemplan. Conforme a un análisis difundido por el diario Río Negro, entre el primer trimestre de 2023 y el mismo período de 2026, las administraciones provinciales recortaron su inversión pública en un 74% en términos reales. La política de reducción de gastos atraviesa la Avenida General Paz, repercutiendo de forma directa en las obras viales paralizadas, los hospitales públicos que no logran ampliar sus guardias y las escuelas técnicas privadas de renovación tecnológica.

Lo que no se ve: costos invisibles del ajuste

En el año 1850, el economista francés Frédéric Bastiat publicó el célebre ensayo Lo que se ve y lo que no se ve, cuya tesis central postulaba que el analista deficiente repara únicamente en los efectos inmediatos y visibles de una medida, mientras que el buen analista rastrea con rigor las consecuencias invisibles que operan de manera diferida y distante. Resulta una paradoja histórica singular que una gestión de gobierno que reivindica los postulados de esa tradición liberal haya desatendido su enseñanza cardinal.

Lo visible es el superávit fiscal; lo invisible es el estado de la infraestructura vial. Según estimaciones de la Federación del Personal de Vialidad Nacional (FEPEVINA), entre el 65% y el 70% de la red de rutas nacionales se encontraba a comienzos de año en condiciones regulares o deficientes, elevándose esa cifra hasta el 75% hacia la mitad del ciclo según el gremio de profesionales del área. Cada tramo deteriorado se traduce en mayores costos logísticos, rotura de flotas de transporte y riesgos directos para la seguridad de los ciudadanos. Si bien el Gobierno nacional puso en marcha la denominada Red Federal de Concesiones para intervenir 741 kilómetros, la dimensión de la red vial nacional abarca decenas de miles de kilómetros, y el capital privado prioriza legítimamente aquellas trazas donde el volumen de tránsito garantiza la sustentabilidad del peaje, desatendiendo los corredores productivos periféricos.

En sintonía con este fenómeno, el entramado empresario formal sufre una contracción inocultable. Datos de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo procesados por el Centro de Economía Política Argentina (CEPA) indican que entre noviembre de 2023 y mayo de 2026 el país redujo su parque de empleadores registrados de 512.357 a 481.724 unidades, implicando una pérdida neta de 30.633 empresas (-6%). En idéntico período se destruyeron 411.613 puestos de trabajo formales, siendo la industria manufacturera el sector más castigado con una merma de 97.312 empleos. Aunque desde la Secretaría de Trabajo se argumenta que la contracción responde fundamentalmente a una severa debilidad en la apertura de nuevos emprendimientos más que a cierres masivos, el diagnóstico resultante no es menos alarmante: un sistema económico donde las empresas mueren es un país enfermo; uno donde las firmas ya no nacen es un país que ha renunciado a proyectar su porvenir.

La macrocefalia perceptiva y el conocimiento disperso

En 1940, el ensayista Ezequiel Martínez Estrada publicó La cabeza de Goliat, retratando a Buenos Aires como una metrópoli sobredimensionada erigida sobre un cuerpo nacional debilitado. Transcurridas más de ocho décadas, esa macrocefalia trasciende lo demográfico para transformarse en un sesgo perceptivo. Como demostraron los psicólogos Amos Tversky y Daniel Kahneman con la heurística de disponibilidad, los decisores públicos tienden a sobredimensionar los fenómenos geográficamente cercanos e ignorar aquello que ocurre en las regiones periféricas. El tornero de Armstrong no figura en los noticieros centrales; por consiguiente, para la conciencia del poder centralizado, carece de existencia.

Esta dinámica contradice los propios fundamentos teóricos del liberalismo económico. En su ensayo clásico El uso del conocimiento en la sociedad (1945), Friedrich Hayek demostró que la información económica vital no se concentra en ningún despacho de planificación central, sino que se halla dispersa entre millones de actores que conocen las particularidades de su tiempo y lugar. Resulta una contradicción operativa profunda que una administración que invoca permanentemente el legado de Hayek gobierne el interior productivo bajo los moldes del planificador central que el propio economista austríaco combatió.

Hacia un domicilio federal del desarrollo

Frente a este escenario, la crítica coyuntural resulta insuficiente si no se articula con una propuesta programática superadora. El Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI retoma la premisa histórica de Arturo Frondizi y Rogelio Frigerio —la necesidad de edificar una estructura productiva sólida capaz de generar la riqueza que luego se distribuirá equitativamente—, actualizando sus ejes hacia la economía del conocimiento, la tecnología y agregación de valor federal.

Esta arquitectura productiva requiere medidas concretas y estructurales:

  • Reglas objetivas y previsibles: Reemplazar la discrecionalidad en la asignación de fondos no automáticos por criterios públicos y automáticos para infraestructura y servicios provinciales.

  • Infraestructura como capital estratégico: Asumir la inversión en corredores viales y logísticos regionales como un activo indispensable para el desarrollo, sin subordinarla exclusivamente a la rentabilidad del peaje privado.

  • Ley de Ecosistemas Emprendedores Territoriales: Fomentar la creación de polos tecnológicos vinculados a las universidades nacionales, institutos científicos y escuelas técnicas del interior, permitiendo que las empresas innovadoras nazcan y crezcan en sus propias regiones.

  • Ley de Primer Empleo Formal: Instrumentar incentivos específicos para retener el capital humano formado en el interior del país, evitando la emigración de talentos por falta de oportunidades laborales locales.

Gobernar el territorio, en definitiva, exige abandonar la pretensión de administrar el país como si fuera una mera planilla contable. El equilibrio fiscal es una herramienta de estabilidad, pero un territorio solo alcanza su plenitud cuando sus habitantes tienen la libertad de elegir quedarse a producir, crecer y desarrollar su proyecto de vida en el lugar que los vio nacer.

Etiquetas
Cerrar
Cerrar